domingo, julio 12, 2009

LA VIDA DE OTRO por Bárbara Alpuente





Mis abuelas parecen haberse puesto de acuerdo para decidir que se quieren morir (así, empezando la columna con alegría). No puedo decir que lo entiendo porque no he pasado por lo que ellas han pasado ni sé lo que es llevar encima 86 y 92 años, pero lo intento. Ambas coinciden en decir que son unas inútiles, que al no poder hacer nada se han convertido sólo en una carga. Pero cuando no percibimos la cantidad de cosas invisibles que llenan una vida, cuando nos centramos sólo en la materia y nos convencemos que eso es lo único que cuenta, es lógico sentir que una vez que no puedes caminar y necesitas ayuda para todo, te conviertes en un ser inútil. Insisto en que no estoy de acuerdo, aunque quizás a mí me ocurra lo mismo por mucho que mis creencias no estén ligadas a este concepto puramente material.









Mi novio intentaba convencerme el otro día de que si llegamos juntos a viejos y él no puede valerse por sí mismo, quiere vivir en una residencia (todo esto con Operación Triunfo de fondo, que relativiza un poco la trascendencia del debate). Pueden existir multitud de razones para terminar en una residencia, pero no creo que entre ellas deba estar el ser una carga. Así que me negué a llevarle a una residencia. “Si soy una carga quiero ir a una residencia.”"Yo no pienso llevarte.”"Ah, muy bien, pues me voy yo solo.”"No puedes, estás inválido.” “¡Esto es injusto!”. Y gané yo el debate porque en esta elucubración la que puede tomar decisiones y llevarlas a cabo soy yo. Él decía que quería dejarme libre para hacer mi vida, pero ¿qué es mi vida?









¿Qué es eso tan importante que tendría que hacer que no incluya ocuparme de alguien que me necesita? ¿Qué valor tiene una vida sin la vida de los demás? ¿Qué importancia tienen nuestros planes si entre ellos no se encuentra el de contar con el otro? Luego concluímos que ya lo hablaremos en 50 años y, entonces, pasamos a preparar lo que en su momento decidimos que iba a ser una tortilla de patata y terminó siendo un revuelto. ¿Véis como no merece la pena hacer planes? Luego las cosas salen como menos te lo esperas. Y pese a no ser católica, me viene a la cabeza la parábola del Buen Samaritano. Nos marcamos un camino inamovible y todo lo inesperado que aparezca en él nos estorba para llegar a lo que hemos elegido como objetivo final. El objetivo final debería ser móvil, dúctil, el objetivo final debería contemplar la atención a lo que se cruza en el camino, leches, que por algo se cruza. No podemos pasar por encima del hombre medio muerto porque nos hemos propuesto llegar al otro lado. Y eso es lo que llamamos carga.







<<Nos marcamos un

camino inamovible

y todo lo inesperado

que aparezca en él

nos estorba para llegar

al "objetivo final".

Eso es lo que

llamamos carga>>


¿Cuál es la gracia de alcanzar nuestros objetivos si para ello hemos esquivado a quien nos necesita?. Si algún día me encuentro diciendo que otro ser humano es una carga para mí, la que se habrá convertido en una carga para el mundo seré yo. Leo la frase de un maestro yogui al que le preguntan: “¿Qué hay más importante en la vida de uno?”. Y él contesta: “la vida de otro”. Y está claro que todos somos uno, ¡pero es que también todos somos otro!...¿Me he pasado de intensa?






Bárbara Alpuente es Guionista de TV, de "Camera Café" y columnista de Yo Dona (Clickear en el logo)

2 comentarios:

  1. Anónimo8:59 p. m.

    agradable intensidad

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  2. Me parece Genial la entrada. Decirte, desde mi experiencia como enfermero en Residencias, que el 90% de los nonagenarios (y casi el mismo de octogenarios) dicen que quieren morirse... hasta que se ven cerca de la tesitura que la mayoría luchan como jabatos para vivir.
    Y las Residencias ya no son lo que eran ,escogiendo con cuidado, y cuando las situaciones no son sostenibles en domicilios a veces no sólo son una buena opción, si no necesaria.

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