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miércoles, abril 25, 2007

AQUELLA NOCHE CON PACO IBÁÑEZ

Estos días se homenajea en diferentes lugares de España a Paco Ibáñez, catautor comprometido socialmente y que con sus versiones musicales de los versos de Quevedo, Celaya, Blas de Otero, Góngora, Gloria Fuertes, Lorca y tantos otros ha ido recorriendo durante toda su vida Iberoamérica, Francia y España principalmente, con un equipaje donde siempre le acompañan dos libros: ”El Quijote” y la Biblia. En esta ocasión destacan los homenajes de la Universidad Hispalense con unas jornadas dedicadas a estudiar la poesía y su música y el que le ha tributado el Liceo.



Aquélla noche con Paco Ibáñez fue una de las más intensas de mi vida. La Fundación Casa de Medina Sidonia no pasaba por sus mejores momentos, pues había problemas con la Junta de Andalucía, y ya anteriormente los había tenido con el Sr. Villapalos, cuando era Rector de La Universidad Complutense de Madrid. Intentamos movilizar por todos los medios a los sanluqueños, para que apoyaran la labor de conservación del Patrimonio del Palacio Ducal de Medina Sidonia y su valiosísimo archivo. La Duquesa andaba esos días cabizbaja. Quizá tendría que llevarse el Archivo a Portugal, pues todo eran problemas, ya que el ayuntamiento se ensañaba con ella a base de denuncias sin sentido. Los trabajadores del Palacio y algunos más colocamos pancartas en las fachadas del Palacio, tanto en la entrada, como en la parte que da a las Covachas.
Pero una tarde-noche de invierno, con la lluvia incluída, Luisa Isabel recibió la visita que nunca hubiera pensado.


Paco Ibáñez y Luisa Isabel en aquélla tertulia, en el Salón de Columnas, junto a la gran chimenea del siglo XIX en Sanlúcar de Barrameda.
Andaba por Jerez de concierto en el Villamarta el cantautor Paco Ibáñez. Cuando llegó a los oídos del artista valenciano las dificultades por las que pasaba su amiga, a la que no veía hacía veinte años, no dudó en acercarse a Sanlúcar de Barrameda al Palacio Ducal. Era el año 1.997. Y después del protocolo de invitarle a conocer el estado del Palacio y del Archivo, nos reunimos en el Salón de las Columnas al calor de la gran chimenea. Acompañaba a Paco Ibáñez, el cantautor catalán Javier Ribalta. Hacía 20 años que no se veían la Duquesa y Paco, desde prácticamente cuando ambos estaban exiliados en París participando en movimientos estudiantiles, en el Mayo del 68 francés y cuando se celebró uno de los famosos Conciertos en el Olimpia. Años más tarde había llegado el momento de la muerte de Franco en noviembre de 1.975 y tanto la Duquesa como Paco Ibáñez vivieron todo el período de la Transición en diferentes caminos sin que la circunstancias permitieran que se pudieran cruzar en ese capítulo de la Historia de España tan convulso.



Pues con la tranquilidad de la noche, unos sofás, la inseparable guitarra de Paco Ibáñez ataviado con su inconfundible camisa negra, mucho más grueso que aquél enjuto joven de la portada de sus discos de los años sesenta-setenta, canoso ya y el sudor de la frente, se abrió allí una tertulia donde ambos dieron su visión de los hechos acaecidos desde aquellos años en Francia hasta la actualidad. Toda una lección de historia conducida por Luisa Isabel y Paco. Y con la enriquecedora tertulia se entremezclaban las estremecedoras canciones de Paco Ibáñez y alguna que otra de Javier Ribalta. Ambos daban sus explicaciones correspondientes de la razón de cada tema que interpretaban. Algunos en cantalán o en vascuence (la rama maternal de Paco Ibáñez es del País Vasco), y un tema muy sentido de Joan Maragall, abuelo de Pascual Maragall, que fue un poeta ilustre, aunque tristemente desconocido para muchos.

Hacía poco tiempo que habían vetado a Luisa Isabel, después de varios años de contertulia en Onda Cero en el Programa “La Radio de Julia”, de Julia Otero, ocasión que se aprovechó para analizar la política de los medios de comunicación de este país.
La noche fue larga, hasta la madrugada, pero alentadora. Luisa Isabel volvía a sonreir y a recordar viejos capítulos de su historia personal. Pero había que seguir luchando, fue la conclusión a la que llegamos las 8 personas que estábamos allí.

Fue la ocasión para conocer de cerca la gran talla humana de Paco Ibáñez, un mito para generaciones de nuestros padres y sinceramente me sentía privilegiado por participar de aquella tertulia. No hicieron falta cámaras ni micrófonos. No había nada artificioso. Formaba parte de la familia, como siempre he considerado a Luisa Isabel y terminamos todos cantando “Me queda la Palabra” y “A Galopar”.

Manuel J. Márquez Moy

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